Esta es la segunda entrega de una serie de tres textos escritos por Matías Santiago Alaniz Álvarez con motivo del 40 aniversario de CIRIAC.
Si todavía no conoces el inicio de su historia, te invitamos a leer la primera entrega: CIRIAC y los cimientos de una vida sin barreras , donde Matías cuenta cómo sus primeros años en CIRIAC ayudaron a construir las bases de su autonomía, aprendizaje y comunicación.
En mi anterior publicación de este blog compartí cómo el Centro de Rehabilitación Integral A.C. (CIRIAC) sembró en mí las semillas de la autonomía a través de la pedagogía y las primeras tecnologías de asistencia.
En este segundo texto, que escribo con motivo del 40 aniversario de la institución, quiero narrar el siguiente tramo del camino: mi tránsito por la educación media superior, mi llegada a la máxima casa de estudios de México y mi presente como docente universitario.
Comparto esta historia con un propósito: mostrar cómo las personas con discapacidad que requerimos un alto nivel de asistencia podemos apoyarnos en la tecnología para desarrollar nuestras capacidades, acceder a empleos dignos y contribuir a una sociedad más tolerante.
El primero de ellos, como conté en mi anterior entrada, fue descubrir cómo interactuar con el mundo. Aprendí a comunicarme inicialmente con un código binario con mi entorno cercano: hacer tronar mis labios significaba un “sí” y sacar la lengua entre los dientes equivalía a un “no”.
CIRIAC abrió para mí las puertas de la lectoescritura al permitirme acceder a un software que, en su momento, era vanguardia pura. Mediante tableros diseñados y predicción de palabras, mi pierna derecha —la parte de mi cuerpo que me obedece mejor— activaba un interruptor que servía de interfaz entre mi mente y la computadora.
Sin embargo, salir al sistema escolarizado convencional implicó nuevos desafíos.
Para concluir la educación básica, el reto no fue académico, sino social: atravesar la adolescencia enfrentando ideas equivocadas sobre la discapacidad. Tuve que apelar a mi inteligencia y constancia para ganarme el respeto y el reconocimiento de mis compañeros y profesores en la secundaria pública a la que asistí.
Al momento de elegir el bachillerato, opté por una modalidad que definiría mi futuro: la educación a distancia.
Para responder a las exigencias de este sistema desarrollé una estricta disciplina, autonomía en el aprendizaje y habilidades para socializar en comunidades virtuales.
Esto fue posible gracias a una combinación de programas que tomaban el control del sistema operativo de mi computadora y me permitían acceder de manera autónoma a casi todas las aplicaciones utilizando únicamente el interruptor ubicado al lado de mi pierna derecha.
La tecnología no sustituyó mis capacidades: me permitió encontrar una manera distinta de expresarlas.
Concluido el bachillerato, llegó el momento de perseguir un sueño: ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Me enfoqué en las materias que dominaba mejor —historia universal, historia de México, geografía y español— y estudié ocho horas diarias siguiendo la guía oficial en PDF y complementando mis lecturas con contenidos disponibles en línea.
El día del examen de admisión me topé de frente con algunas de las barreras urbanas que las personas con discapacidad enfrentamos cotidianamente en México: automóviles obstruyendo las rampas para las sillas de ruedas y cadenas que dificultaban el tránsito de quienes nos movilizamos de una manera distinta a la convencional.
Pero la meta estaba clara y logré el ingreso.
Tras culminar con éxito mi licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública, el reto cambió: ahora estaba en el ámbito laboral.
Encontré una valiosa oportunidad gracias a la confianza del Dr. Francisco Cervantes, entonces director de la dependencia de la UNAM donde inicié mi camino profesional. Con mi primer sueldo compré una computadora nueva.
Para mi sorpresa y satisfacción, los avances tecnológicos de la época hicieron que ya no fuera necesario instalar software especializado de asistencia: las funciones nativas de accesibilidad del sistema operativo finalmente eran suficientes para cubrir mis requerimientos.
Mi vínculo con la docencia se consolidó en 2018, cuando decidí postularme para ser profesor en la modalidad a distancia de mi misma facultad.
Sometí mi expediente al riguroso examen de las comisiones universitarias correspondientes y, tras recibir el dictamen favorable, acudí a firmar mi contrato. El anuncio de mi contratación en redes sociales fue retomado por agencias de noticias nacionales e internacionales, visibilizando un hito: la UNAM contrataba a su primer profesor con discapacidad motriz elevada.
Actualmente resido en la Zona Metropolitana de Guadalajara, Jalisco, y desde aquí ejerzo con orgullo como profesor de asignatura a distancia de la materia “Sistema Político Mexicano II” en la UNAM.
Paralelamente, formo parte de un proyecto de accesibilidad institucional en el Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia (SUAyED), coordinado por la CUAED de la misma universidad, donde buscamos derribar algunas de las barreras que yo mismo enfrenté.
Los avances en las tecnologías de asistencia pueden permitir que una discapacidad motriz elevada no frene las capacidades intelectuales ni el aporte que podemos hacer a la sociedad.
Sin embargo, para que las herramientas del futuro sean verdaderamente útiles, hago un llamado firme a diseñadores, programadores y académicos: eviten diseñar herramientas y aplicaciones de accesibilidad sin consultarnos directamente.
Nadie posee mayor experiencia sobre los desafíos de la discapacidad que los propios usuarios que vivimos con ella día con día.
La verdadera accesibilidad no consiste únicamente en crear herramientas para las personas con discapacidad, sino en diseñarlas junto con ellas.
Agradezco profundamente la lectura de este testimonio.
Esta historia todavía no termina. Nos leemos en la tercera y última entrega de esta serie, donde abordaré propuestas concretas de políticas públicas para nuestro estado.
¿Llegaste directamente a esta segunda entrega?
Conoce el comienzo de esta historia en CIRIAC y los cimientos de una vida sin barreras y descubre cómo las experiencias de Matías durante sus primeros años en CIRIAC sentaron las bases del camino que lo llevaría hasta las aulas de la UNAM.
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La historia de Matías comenzó con oportunidades, herramientas adecuadas y personas dispuestas a creer en su potencial.
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