CIRIAC y los cimientos de una vida sin barreras

CIRIAC y los cimientos de una vida sin barreras

Por Matías Santiago Alaniz Álvarez Politólogo, profesor universitario y activista por la inclusión educativa y la accesibilidad digital.

Considero que hay lugares que no solo se visitan o se recuerdan, sino que se habitan para siempre porque en ellos se esculpe nuestra identidad. Para mí, el Centro Integral de Rehabilitación Infantil A.C. (CIRIAC) es ese espacio fundacional.

Hace poco, la señora Lucina, una de las fundadoras de la institución y su directora durante los años de mi infancia, se puso en contacto conmigo. Me hizo una invitación que recibí con emoción: escribir tres textos para el presente blog, abierto con motivo de la celebración por los cuarenta años de la fundación del centro.

Hay lugares que se habitan para siempre porque en ellos se esculpe nuestra identidad.

Acepté de inmediato. Ella y yo acordamos una ruta para estos escritos: este primer texto abordará mi experiencia como alumno en la institución; el segundo narrará mi tránsito como estudiante y posterior docente universitario; y el tercero contendrá propuestas firmes de políticas públicas para favorecer la inclusión de las personas con discapacidad en nuestro estado, Jalisco.

Este viaje a la memoria comienza aquí, en la raíz de todo.

Para quienes se acercan por primera vez a mi historia, me presento: mi nombre es Matías Santiago Alaniz Álvarez. Soy politólogo, profesor universitario y un convencido activista por la inclusión educativa y la accesibilidad digital.

Nací con parálisis cerebral, específicamente del tipo diatónico. Esta condición se caracteriza por fluctuaciones drásticas en el tono muscular, lo que genera movimientos involuntarios y me impide, entre otras cosas, caminar, sostener objetos con las manos o articular el habla de forma convencional. Además, tengo discapacidad visual moderada provocada por una miopía aguda.

Sin embargo, estas características no me impiden la capacidad de pensar, de aprender, de sentir o de soñar.

Pienso que el gran reto en un mundo diseñado para la homogeneidad es encontrar los canales para que mi mente pueda manifestarse. Y fue justamente en el CIRIAC donde encontré esos canales por primera vez.

Ingresé a la institución cuando era un niño de apenas tres años. En ese momento histórico, el mundo exterior solía mirar a la discapacidad desde la lástima o la limitación absoluta. Pero algunas personas que trabajaban en el CIRIAC tenían una perspectiva radicalmente distinta: no miraban el “no puedo”, sino el “cómo sí”.

Cursé en el CIRIAC hasta el cuarto año de primaria, un periodo que transformó por completo el rumbo de mi vida.

Matías Santiago Alaniz Álvarez durante sus primeros años en CIRIAC
Los primeros años de Matías en CIRIAC marcaron el inicio de un camino que transformaría su vida.
En el CIRIAC no miraban el “no puedo”, sino el “cómo sí”.

Fue en el CIRIAC donde descubrí que mi mente podía volar mucho más rápido que mis movimientos involuntarios. Recuerdo con especial nitidez las clases de matemáticas. Al no poder utilizar lápiz y papel para plasmar las operaciones, mis profesoras Miriam y Tere implementaron un método de enseñanza adaptado que me permitió aprender a realizar operaciones matemáticas utilizando únicamente la mente.

Esa gimnasia cerebral no solo resolvió una necesidad escolar inmediata; estructuró mi pensamiento lógico y me dio una seguridad interna invaluable. Supe que, si mi mente podía dominar los números en el aire, podría dominar cualquier otra disciplina.

Esa confianza rindió sus primeros frutos públicos cuando tenía siete años. Participé en el primer concurso de conocimientos para niños con discapacidad y obtuve el primer lugar. Aquella medalla no fue un logro individual; fue la validación comunitaria de que el modelo de aprendizaje del CIRIAC funcionaba, de que las mentes de los niños con parálisis cerebral estaban ávidas de conocimiento y listas para competir al más alto nivel si se les daban las herramientas adecuadas.

Y si hablamos de herramientas, el CIRIAC fue el escenario de mi verdadera emancipación tecnológica. Allí me enseñaron a interactuar con otras personas utilizando sistemas de comunicación aumentativa y alternativa.

Pero el punto de quiebre definitivo ocurrió cuando me presentaron una computadora Macintosh. Configuraron el equipo para que pudiera controlarlo y escribir a través de un único botón ubicado estratégicamente al lado de mi pierna derecha.

Aquel interruptor y esa pantalla se convirtieron en mi voz, en mis manos y en mi ventana al universo. El día que aprendí a escribir con mi pierna, las barreras físicas comenzaron a desvanecerse. La tecnología, combinada con la pedagogía del centro, me otorgó la llave de la autonomía.

Matías Santiago Alaniz Álvarez usando tecnología como herramienta de comunicación y autonomía
La tecnología y la educación abrieron nuevas posibilidades para la autonomía y la participación.

El día que aprendí a escribir con mi pierna, las barreras físicas comenzaron a desvanecerse.

Hoy, al mirar atrás en el marco de este cuadragésimo aniversario, entiendo que el CIRIAC no solo me enseñó las materias básicas de la primaria. Lo que la señora Lucina y todo el equipo de profesionales infundieron en mí fue la certeza de que mi voz merecía ser escuchada y de que la educación era el camino para lograrlo.

Los cimientos de mi carrera como politólogo y mi presente como docente se construyeron en esas aulas adaptadas, donde la pedagogía y la paciencia se unían para demostrar que la inclusión real es posible.

Gracias, CIRIAC, por cuarenta años de encender luces en la oscuridad y por haberme dado las alas para llegar a donde hoy estoy.

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Hace cuarenta años, CIRIAC ayudó a Matías a encontrar los canales para expresar todo su potencial. Hoy, más alumnos siguen construyendo sus propias historias.

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